Taladrid se fue a ver a la presidenta de la Sociedad de Beneficencia de la Capital. Como principal argumento de convicción, además del artículo de “La Nación”, Taladrid esgrimió mi condición de huérfano que había sido amparado por esa Sociedad, la cual en cierto modo, estaba obligada a seguir dispensándome su protección. Al poco tiempo habían resuelto patrocinar una exposición de mis obras, que se realizaría en uno de los salones del Jockey Club. La aristocracia y el pueblo, alternaban en los salones alfombrados.

Galería Witcomb de Mar del Plata (1920)
Share This
Entradas relacionadas
La elegancia de don Pío Collivadino corrió peligro de mancillarse cuando los dos atravesamos la carbonería para subir al altillo donde yo tenía mi pequeño estudio. [...] — Usted puede ser el pintor de la Boca y su puerto. Interesado por un cuadro que reproducía una escena del puerto dijo: —Aquí hay ambiente, carácter, fuerza. Y además una personalidad original; un modo distinto de ver y de pintar. Tanto me elogió el cuadro, que me pareció oportuno regalárselo. Y al día siguiente se lo mandé a la Academia de Bellas Artes. Pasaron varios días y no volví a ver a don Pío Collivadino ni a Facio Hebécquer. Pero al cabo de una semana o dos recibí la visita de otro señor, mucho más joven y también mucho más elegante, era Eduardo Taladrid, secretario de la Academia. Simpatizamos desde el primer momento y sellamos una amistad.
